Cartel I Centenario Federación de Cofradías de Granada
En la mañana del sábado 18 de octubre quedó presentado, a cargo de D. Alberto Ortega, el cartel conmemorativo del primer Centenario de la Real Federación de Hermandades y Cofradías de la ciudad de Granada.
El cartel, obra pictórica de D. Juan Díaz Losada, es una interesante interpretación de un rompimiento de gloria, al más puro estilo Barroco, donde un conjunto de 32 ángeles y arcángeles representan a cada una de las hermandades penitenciales que conforman nuestra Semana Santa, todos ellos alrededor de la imagen que preside la pintura, que es la señal del cristiano por antonomasia, la cruz, el sagrado madero de nuestra redención, representada en una bellísima simbiosis entre la cruz de plata del conjunto de Nuestra Excelsa Patrona y la cruz pétrea que preside el Campo del Príncipe.
Si se observa con cierta distancia el conjunto de los ángeles alrededor de la Santa Cruz forma una granada.
Arte al Servicio de la Devoción
Que Granada a lo largo de la historia, ha sido cuna de grandes artistas, es algo indiscutible, y que uno de sus nombres imprescindibles en los últimos 30 años es el de Juan Díaz Losada, tampoco da lugar a ningún tipo de discusión. Juan es maestro de la luz y del retrato. Sabe plasmar en sus pinceles el alma misma de la imaginería granadina. Su obra, marcada por la sensibilidad y el detalle, trasciende el tiempo para convertirse en un legado eterno de fe y arte.
Cada trazo suyo, cada matiz de sus sombras, parece rezar en silencio, recreando la belleza de las advocaciones marianas y el dolor sufriente de nuestros Cristos. En sus cuadros, la luz no solo ilumina las figuras, sino que las envuelve en un halo de espiritualidad, como si sus lienzos quisieran ser ventanas hacia el cielo.
Juan, una vez más, ha vuelto a vaciar el tarro de sus esencias y ha puesto su arte y su talento al servicio de las Hermandades Granadinas.
“El Rompimiento de los Cien Años”
Este lienzo que ha pintado con pinceles de plegarias antiguas y suspiros de incienso, se ha de contemplar con el alma en vilo, como quien alza los ojos a los cielos y ve que Granada no termina en sus tejados y en sus cúpulas, sino que empieza en sus glorias eternas. Así ha sido pintado este cuadro por las manos de fe, de Juan Díaz Losada, que no ha trazado colores sobre un lienzo, sino que ha tocado el corazón del tiempo con los dedos de lo sagrado.
Es un rompimiento de gloria. Un cielo que se abre en lo alto como se abren los cielos en la tarde del Viernes Santo cuando el sol se esconde y el alma de Granada tiembla en los tejados. Cien años han pasado desde que el alma cofrade de Granada decidió alzarse unida, y hoy, en esta hora de plenitud, el pincel se convierte en oración, y la pintura en plegaria perpetua. Ante nuestros ojos, el cielo se abre. Se ha rasgado la bóveda celeste y desde lo alto, como un himno sinfónico de fe, desciende la luz de Dios sobre la ciudad de la Alhambra.
En el centro, la Cruz. La Santísima Cruz del Santísimo Cristo de los Favores. No es de mármol , sino de eternidad; no está clavada, sino suspendida en la gloria, como faro que guía y consuela, como mástil de esperanza en el naufragio de los tiempos. Esa Cruz en la que Cristo muere con el alma rota, la que soporta la Verdad del que se hizo carne por nosotros, la que alzó Granada como estandarte de salvación,
Y en esta ocasión;
Con el corazón traspasado de la virgen de las Angustias,
No podían ser más granadinos los símbolos que presiden el rompimiento de gloria.
Y en torno a ellos, danzan los ángeles.
No son querubes comunes, son los ángeles de nuestras cofradías, los que nacen del incienso, del costal, de la saeta, de la oración susurrada, de la flor que trasmina su aroma, de la cera que se derrite como el tiempo…
Ángeles que juegan y revolotean como campanas al vuelo,
Como corazones latiendo al unísono en este centenario de amor y de memoria.
- Veréis el primer angelito, con la rama de palmera entre sus manos el que agita el gozo del Domingo de Ramos como si fuera un himno vegetal. Anuncia la llegada del Rey de Reyes a la ciudad: es el ángel de mi Hermandad de la Entrada de Jesús en Jerusalén, de la Borriquilla de toda Graná, la que da sentido y llena de ilusión los corazones de los granadinos la tarde del Domingo de Ramos, en la que, jóvenes y no tan jóvenes se acaban perdiendo en la Paz Turquesa. El Niño subido a la palmera, y Granada entera a sus pies, Primero un Hosanna en los labios, que lo demás… ya vendrá después.
- A su lado, otro baja del cielo con espigas y uvas entre los dedos. Es el de la Santa Cena, que sostiene el pan eterno y el vino de la promesa, el Cuerpo y la Sangre, la Eucaristía pintada entre alas celestiales, que recuerda la mesa abierta de Cristo bajo la luz de un Domingo de Ramos en el Realejo, que siempre termina en Victoria.
- El tercero mueve las alas y huele a azucena. Es el ángel de la Encarnación, que recita el “fiat” de María con voz cristalina y perfuma el lienzo con la blancura del sí de la Virgen que vive todo el año en la clausura de las clarisas.
- Luego desciende uno pequeño, que lanza al aire unos dados. Es el ángel del Despojado, el que anuncia la desnudez del Rey del universo, el que recuerda que el azar no existe cuando manda el Amor. Túnica que el viento rasgó de ternura, Jesús del barrio Figares, pasión sin armadura.
- Otro vuela con un pergamino de Sentencia. Es el Ángel de las Maravillas, que baja desde San Pedro con la dignidad intacta y el misterio de quien es condenado sin culpa. Eco de un veredicto injusto que aún resuena en las piedras del Pretorio.
- Aparece una luz en la tela, una llama encendida: es el ángel de la Hermandad del Trabajo, que lleva una vela viva, símbolo de claridad en la sombra. La luz viene a Granada desde el otro lado del Río,, donde la gente hace del Trabajo su razón y su ser.
Continúa la descripción con:
- Un niño alado con una correa agustina. Revolotea por la calle San Antón y Es el de San Agustín, que aletea entre las brisas del buen gusto y la sobriedad y predica que el amor es el mejor consuelo.
- El siguiente tiene un corazón traspasado por siete puñales. Es el ángel de la bondad y la inocencia que se desprende del color rosa salmón de los Dolores, que llora cada dolor de María como si fueran suyos, y los eleva hasta el Padre en cada vuelo.
- Vuela uno con un escapulario trinitario: es el del Rescate. Viene a liberar al hombre de sus cadenas y a devolverlo al regazo de Dios. Nos viene a hablar del precio del amor y del Cristo cautivo, cuya imagen es de tal belleza, que ya reina en las almas de toda Granada.
- Después, otro baja con el cáliz de la pasión. Es el del Huerto, que acompaña al Cristo en la agonía, el que vela mientras todos duermen de aquella oración entre sombras, donde el sudor se volvió sangre y la noche se hizo fiel testigo del abandono.
- Lanza en mano, viene otro. Es el ángel de la Lanzada más Sagrada de la historia, y su gesto grave, honra el instante en que el corazón se abrió
el que atravesó con verdad y nos recuerda que del costado herido del Cristo del Zaidín nacimos como Iglesia.
- Sigue uno que lleva entre sus manos una corona real abierta. Es el de la decana, la Hermandad del Santo Vía Crucis, camina entre estaciones de fe
y sus pasos huelen a ciprés y a promesa, el que une lo histórico y lo divino.
- Una criatura celeste abraza un ancla contra su pecho. Es el ángel de la Esperanza, que se planta firme en la marea de los días y nos recuerda que en tiempos de tormentas aún hay puerto seguro en el rostro irrepetible de la Señora de Santa Ana .
- Con una caña levantada al cielo, otro viene a servir. Es el de mi Cañilla, mi querida y también centenaria Hermandad de la Humildad y Soledad de Santo Domingo. Camina la fe por calles dormidas, va el Señor humilde, con cetro de amor, con la espalda llena de heridas, mirando al mundo con rostro de Dios. Soledad, que llevas el cielo en los ojos, y el alma en un paso de azahar; tu rostro sereno lo dice todo: que amar es siempre volver a empezar y el alma en un paso de azahar.
- Brilla la estrella de David sobre la mano de otro alado. Es el ángel de los Gitanos, el que canta por soleás, las historia del Verbo encarnado en La noche del Miércoles Santo subiendo al barrio gitano.
- El siguiente trae una beca sobre sus hombros. Es el de los Estudiantes, que reza en la biblioteca y estudia en el templo, el que conjuga sabiduría y devoción con escapulario blanco y el Gaudeamus igitur es oración en sus labios.
- Otro sostiene la columna de la flagelación. Es el ángel de la Hermandad de la Imperial de San Matías, que se estremece ante el látigo pero sostiene el dolor sin quejarse, el que sabe que el dolor se dignifica cuando se acepta sin orgullo. No hay mejor ejemplo para aceptar las adversidades en la vida que el rostro de Jesús de la Paciencia.
- Un rosario se sostiene entre los dedos de un querube, que abre sus manos sosteniendo el rompimiento. Es el ángel de las 3 caídas y el Rosario, que no reza, canta; y en cada Ave María se le abren las alas del alma.
- Mientras Jesús de las Tres Caídas enseña con su mano apoyada en lo más bajo del suelo la lección más alta del amor.
- Otro ángel sujeta unas cadenas. Es el ángel carmelitano de la Hermandad del Nazareno, Ángel de luz cautiva y redentora, lleva cadenas que no oprimen, liberan; en su vuelo resuena el paso del Nazareno, y en su mirada, la Merced que perdona.
- Entre sus manos de cielo, la fuente clara reposa, manantial de fe y consuelo, ternura luminosa. Brotan aguas de esperanza, cristalinas y serenas,
que curan las viejas penas del alma que allí reposa. Ángel salesiano, guía de pureza y juventud, tu manos nos ofrecen la eterna Fuente de Salud.
- Entre alas albaicineras , una concha llega al cielo, y en su centro, pura y viva, la perla del inmaculado anhelo. Ángel que guarda el misterio de una nueva amanecida, en tus manos late el nombre que La sin pecado concebida.
- Con un flagelo en la mano, otro desciende con dulzura. Es el de la Aurora, es una aurora que no se apaga. Una claridad que no viene del sol,
Aurora que despierta la mañana antes que el gallo traidor.
- Vemos un Ángel que nace al alba, porta una estrella que alumbra Granada, ocho puntas de brillo celestial que guían los pasos del Albaicín leal.
Brilla en su vuelo la fe albaicinera, Estrella del cielo, madre verdadera.
- Una cruz de taracea porta otro ángel, como tallada con primores en los talleres albaicineros del alma. Es la del Silencio, el ángel que no habla, porque el silencio es puntal imprescindible de la fe, y su vuelo lento recuerda el último aliento del Cristo más hombre del mundo.
- Con los brazos cruzados sobre el pecho, baja un angelito sereno. Es el del Santo Entierro, el que vela la muerte,
el que sabe que el sepulcro no es lecho inerte sino que es cuna de gloria.
- Vuela otro con una alondra que canta. Es el ángel de los Ferroviarios, el que peregrina en los raíles de la fe. En busca de la segura estación de una Buena muerte
- Ángel de luz, con la palma en la mano, guarda el escudo piadoso y temprano, alas de escuela, sabiduría en vuelo, lleva en el pecho la fe por anhelo, de Escolapios brota su resplandor, guía de niños al cielo del amor.
- Sobre el Campo del Príncipe, un ángel vela y no habla, lleva en su diestra una daga que a la culpa nunca tala. Es daga de misericordia, forjada en llanto y Señora, que hiere sólo al orgullo y al alma pecadora. Sus ojos guardan el eco del rezo de la hora nona, cuando Granada se calla y las campanas imploran. Allí, donde el Cristo inclina su amor en nuestros dolores, el ángel tiembla y sonríe… por tantos y tantos Favores.
- Tres clavos juntos sostiene el siguiente ángel. Es el ángel de la Soledad Jerónima, la Gran Señora de la Semana Santa de Granada, La que conoce la desnudez de la Cruz cuando la Soledad no es una opción, sino una elección.
- Entre los resplandores del rompimiento, surge un ángel dorado con alas de sabika y de ocaso. Su mirada guarda los secretos del agua que corre por los surtidores, y su piel parece haber nacido de la misma tierra roja que abraza la colina. En sus manos sostiene una llave. No es de hierro ni de oro: es de tiempo. Una llave que no cierra, sino que abre: abre el alma de los granadinos que suben entre cipreses y almenas para rendir pleitesía a la Reina de la Colina Roja, Santa María de la Alhambra, Angustias de nuestro altar, madre del Dolor y la Belleza líbranos de todo mal.
Se va completando el perfil de esta Granada y de sus cofradías con:
- Un ángel que Sostiene un cordero eucarístico que llega desde Regina mundi : Ángel de aurora y gozo encendido, porta en sus manos el Cordero Pascual, símbolo puro del triunfo divino, luz que despierta al sepulcro mortal. Sus alas rezuman albor y victoria, y en su canto renace la gloria.
Se completan los ángeles de nuestras Cofradías con el último que las representa:
entonces, la luz se rompe y alcanza su pleno sentido cuando
- Un lábaro de la Resurrección ondea entre dos alas. Es el ángel de la Hermandad de los Vergeles, el que canta el Aleluya con voz de campana recién fundida.
Pero este cuadro guardara siempre la anécdota de que serán 33 ángeles y no 32 los que lo compongan. Porque Granada es así, y nadie entendería este cuadro si no se representara al Facundillo. Mi Hermandad de la Humildad lo merece, que menos que procesionando tres veces salga al
menos dos en el cartel del Centenario:
- Cierra la Granada angelical un ángel niño, travieso y puro, con la inocencia del alba en los ojos y el brillo del Resucitado en la sonrisa. Sus alas no pesan: son de gozo, tejidas con risas de campanas y azahares. En su mano tiembla una campanilla de barro, humilde como el barro que modeló al hombre, y sin embargo, en su sonido vibra el cielo. Su tañido es una explosión de luz, un canto de vida que espanta la sombra, una risa que anuncia que Cristo vive.
Así se cierra este rompimiento
Y en lo alto del cielo abierto, donde la luz se hace promesa, treinta y tres ángeles descienden, Coloreados de eternidad y pureza.
Treinta y tres signos resplandecen, cada uno, un nombre, un alma, una espera, y al posarse en los pliegues del alma, tejen una Granada nueva y eterna.
Son fuentes, cruces y espinas, son cálices, anclas, espigas, estrellas, son cirios encendidos en la brisa, son dagas que brillan, son coronas bellas.
Cada ángel levanta su estandarte, y al batir sus alas de oro y seda, dibuja en el aire los contornos de una Granada que camina y que reza.
Desde el Albaicín hasta la Vega, desde el Darro dormido al Genil que suena, los símbolos se enlazan, se abrazan, y forman una Granada viva en la Tierra.
Granada, flor de lirios celestiales, Granada, cuna de la luz que no mengua, Granada, que en 33 suspiros se corona Reina en la Gloria eterna.
Y en el centro, la Cruz que redime, la Cruz del Señor, raíz y bandera, alzando su nobleza de amor invencible, como mástil que aguanta la vela.
Así, bajo el rompimiento de gloria, con treinta y tres ángeles por diadema,
Granada no es sólo tierra ni historia:
¡es Cielo bordado en la tarde que sueña!