Cartel anunciador de la Solemne Procesión Marítimo-Terrestre de Nuestra Señora del Carmen 2026

Cartel Virgen del Carmen Varadero
Año
2026
Cartel de la Solemne Procesión Marítimo-Terrestre de Nuestra Señora del Carmen 2026, hecho a partir de la pintura original realizada para la ocasión.

PRESENTACIÓN CARTEL ROMERÍA ROCÍO 2026

“COMO UN SUEÑO"

Presentado por David Herrera Morillas


Buenas tardes. 

Reverendo Director Espiritual, Hermano Mayor y Junta de Gobierno de la Hermandad de Nuestra Señora del Carmen del Puerto de Motril, cartelista, banda de música de Ítrabo, autoridades, hermanos, devotos, amigos... y a todos los presentes.
Gracias de corazón por permitirme ocupar hoy este lugar tan especial para presentar el cartel que anunciará la salida de nuestra Madre el próximo 16 de julio. Confieso que cuando me propusieron hacerlo, sentí vértigo.
Porque hay presentaciones que se preparan con palabras... pero hay otras que nacen desde dentro.
Y hablar de la Virgen del Carmen, para quienes la sienten de verdad, nunca es fácil. Porque no se explica solamente con la voz. Se explica con la memoria, con la fe y con las personas que nos llevan hasta Ella. Yo no nací en una familia del puerto. Yo crecí mirando cada día al mar. Ni tampoco llegué a esta hermandad desde la infancia. Llegué hace relativamente poco. Y llegué gracias a mi mujer y a su familia. Ellos me enseñaron algo que desde fuera quizá no se entiende del todo: que la Virgen del Carmen aquí no es únicamente una devoción... es una forma de vivir, de sentir y de mirar al cielo. En su casa aprendí que cuando se habla de la Virgen del Carmen, las conversaciones cambian de tono. Se vuelven más profundas. Más verdaderas. Y especialmente recuerdo a Damián, el abuelo, contándome historias de la mar. Historias de temporales, de hombres mirando al horizonte, de noches interminables y de plegarias dichas bajito cuando el mar se enfadaba. Y entendí entonces por qué los marineros llaman Madre a la Virgen del Carmen Porque quien vive frente al mar sabe que hay momentos en los que solamente queda encomendarse a Ella. También me fijé en algo mucho más sencillo y más profundo: en la mirada de la abuela Carmita cuando habla de la Virgen del Carmen. Porque hay miradas que no necesitan explicación. Miradas que reflejan fe, cariño, confianza y toda una vida puesta bajo el amparo de una Madre. Y observando esa mirada entendí que la Virgen del Carmen no solo se reza... se vive Pero lo más hermoso de todo es que, sin yo buscarlo, la Virgen ya venía conmigo desde mucho antes. Yo nací en Jódar, un pueblo no muy grande de Jaén, tierra de olivares y horizontes secos, aparentemente muy lejos de esta brisa marinera de Motril y me crié en Cenes de la Vega, un pequeño pueblo de la Vega de Granada, lejos del mar, entre montañas y otra forma distinta de entender la vida. Y, sin embargo, las casualidades o quizás las cosas de la Virgen empezaron a poner sentido a muchas historias de mi familia. Mi abuela María era profundamente devota de la Virgen del Carmen. Tanto, que antes de fallecer pidió tocar suelo. Como quien quiere despedirse del mundo con humildad y con verdad, bajo la mirada de la Virgen a la que tanto rezó. Y también mi bisabuela Antonia fue enterrada con el hábito carmelitano. Porque había quienes entendían que morir bajo el amparo del Carmen era marcharse abrazados a una Madre.
 Y entonces comprendí algo.
 Que a veces creemos que llegamos a ciertos lugares por casualidad... pero quizá hay devociones que nos esperan desde generaciones atrás.
 Quizá la Virgen del Carmen no apareció de repente en mi vida.
 Quizá llevaba mucho tiempo llamándome en silencio a través de mis antepasados, de sus rezos, de sus promesas y de su fe sencilla.
 Y eso es precisamente lo que hace la Virgen del Carmen.
 Une generaciones.
 Hace hogar donde antes solo había distancia.
 Convierte en familia a quienes llegan.
 Y consigue que alguien de un pueblo del interior de Jaén termine emocionándose delante de la Reina del Puerto de Motril como si la hubiera llevado en el corazón toda la vida. Porque Ella tiene esa forma callada de acercarnos. Sin imposiciones. Sin ruido. Como la brisa del mar al caer la tarde, poco a poco... Hasta que un día entiendes que ya formas parte de algo mucho más grande. Y por eso hoy, al presentar este cartel, no quiero hablar solamente de colores, de técnica o de composición. Quiero hablar de lo que anuncia. Anuncia que se acerca julio. Que el puerto volverá a mirar al cielo. Que las calles volverán a llenarse de fe. Que habrá marineros buscándola con los ojos. Abuelos recordando. Familias enteras acompañándola. Y corazones encontrando consuelo en su mirada. Porque cuando la Virgen del Carmen sale a las calles del Varadero, no camina solamente una imagen. Camina la memoria de un pueblo. Camina la fe de quienes ya no están. Camina la esperanza de quienes siguen rezándole cada día. Y camina también toda esa gente que, casi sin darse cuenta, terminó llegando hasta Ella. Como me ocurrió a mí. Por eso, este cartel no es solo un anuncio. Es una llamada. La llamada de una Madre que vuelve un año más a encontrarse con su gente. Que el próximo 16 de julio Motril vuelva a echarse a la calle para acompañar a su Virgen. Que el puerto vuelva a sentir orgullo de su Estrella. Y que nunca perdamos esa fe sencilla y verdadera que tantas generaciones nos enseñaron. Porque al final, quizá todos terminamos llegando donde nuestras raíces y nuestra fe ya habían empezado el camino mucho antes. Y ahora sí... Llega el instante más esperado. Porque llega el momento de descubrir una obra que no solo anuncia una fecha, sino que intenta poner imagen a una devoción, a una historia y al amor de todo un barrio hacia su Madre.

 Se va a proceder a descubrirse el cartel anunciador de la salida procesional de Nuestra Señora del Carmen del Puerto de Motril 2026.
 SE DESCUBRE EL CARTEL

 Permítanme, antes de detenerme en la obra, dirigir unas palabras de agradecimiento a su autor.
 Porque realizar un cartel anunciador nunca es una tarea sencilla.
 No se trata únicamente de pintar una imagen.
 Se trata de captar una devoción, de comprender un sentimiento y de ser capaz de transmitir en un lienzo aquello que tantas personas llevan guardado en el corazón.
Y creo sinceramente que eso es lo que ha conseguido el autor de esta obra.
 Con templanza, con paciencia y con una admirable maestría, ha sabido llevar sus pinceles más allá de la técnica para adentrarse en el alma misma de esta devoción. Por ello, mi más sincero reconocimiento y agradecimiento. Porque ha conseguido convertir un lienzo en una oración silenciosa, en una invitación a detener la mirada y a encontrarnos con la Virgen tal y como la encontramos durante todo el año. Y precisamente ahí es donde quiero detenerme ahora. Un cartel tiene la misión de anunciar una fecha, sí, pero también de despertar sentimientos, recuerdos y emociones en quien lo contempla. Y creo que esta obra consigue precisamente eso. Lo primero que vemos es a Nuestra Señora del Carmen. No la vemos navegando entre olas ni recorriendo las calles en procesión. La vemos donde tantas veces la encontramos durante el año. En su retablo. En la casa del señor. En ese lugar sagrado donde permanece aguardando pacientemente la visita de sus hijos. El lugar donde llegamos cuando necesitamos dar gracias. Cuando necesitamos pedir. Cuando necesitamos simplemente quedarnos unos minutos mirándola en silencio. Porque todos los que la queremos sabemos que muchas veces basta con levantar la vista hacia Ella para encontrar consuelo. La Virgen aparece serena. Con la dulzura de una Madre que espera. Con el Niño en sus brazos, recordándonos que en Ella siempre encontramos refugio, protección y cercanía. Y alrededor de su figura, todo parece dirigirse hacia ella. La arquitectura del retablo, los tonos dorados, la luz... Todo conduce nuestra mirada hasta el centro. Hasta la Virgen. Como ocurre también en la vida de tantos devotos. Porque al final, todo termina llevándonos a Ella. Los tonos cálidos que envuelven la escena recuerdan la luz de nuestra tierra. La luz de las tardes de julio. La luz que parece anunciar que se acerca su día. Y ese resplandor dorado que rodea a la Virgen nos habla también de su realeza. Porque para el puerto ella no es solo una imagen. Es su Reina. Su Protectora. Su Estrella. Su Madre. Pero quizá lo que más me emociona de este cartel es precisamente lo que no aparece. No vemos el bullicio de la procesión. No vemos las calles llenas. No vemos el mar ni las embarcaciones. Y, sin embargo, todo eso está presente. Porque quien mira este cartel completa la escena con sus propios recuerdos. Con aquella promesa hecha en silencio. Con aquella oración escuchada. Con la emoción de verla cruzar las calles. Con el sonido de las marchas. Con el olor a mar. Con los aplausos. Con las lágrimas. Con la fe de toda una vida. Este cartel nos muestra el instante previo. Ese momento íntimo en el que la Virgen permanece en su altar mientras sus hijos la contemplan. Y parece invitarnos a acercarnos a Ella. A detenernos. A mirarla. Y a prepararnos para el encuentro que viviremos el próximo 16 de julio. Porque dentro de unos días dejará este lugar de espera para volver a salir al encuentro de su pueblo. Y entonces el puerto volverá a sentirse completo. Y mientras contemplaba este cartel, pensaba también en todo lo que he tenido la suerte de descubrir desde que llegué a esta hermandad. Porque antes veía el 16 de julio como lo ve cualquier persona desde fuera: como un día grande, una procesión hermosa y una manifestación de fe que llena las calles del puerto. Pero hoy sé que la Virgen del Carmen no empieza a caminar el 16 de julio. La Virgen del Carmen empieza a caminar mucho antes. Empieza en cada reunión, en cada desvelo y en cada esfuerzo silencioso de quienes trabajan durante todo el año para honrarla. Empieza en esas largas noches preparando el altar para la novena. En esas horas que parecen no terminar nunca, cuando el cansancio aprieta pero la ilusión puede más. Porque quien ha participado en esos momentos sabe que no se está montando únicamente un altar. Se está preparando una casa para recibir a una Madre. Y también he descubierto la emoción del 16 de julio al amanecer. Esa mañana de nervios contenidos, de prisas, de últimos detalles y de trabajo compartido. Ese mañana en el que la lonja pesquera se transforma para el gran día. Y deja de ser únicamente un lugar de trabajo, de esfuerzo y de sustento para tantas familias del puerto. Y donde, año tras año, hombres y mujeres que viven mirando al mar se reúnen para escuchar la Palabra del Señor y acompañar a la Virgen del Carmen. Siempre me impresiona contemplar ese espacio lleno. Ver cómo la fe reúne generaciones enteras bajo un mismo techo. Ver cómo el puerto entero parece detenerse por unos instantes para mirar hacia su Madre. Y entonces uno comprende que la grandeza del 16 de julio no nace únicamente de la procesión. Nace de todo lo que ocurre antes. De cada mano que ayuda. De cada persona que colabora. De cada oración. De cada corazón que trabaja en silencio para que, cuando llegue el gran día, todo esté dispuesto para Ella. Y llegados a este punto, permitidme también darle gracias a la Virgen. Porque si algo he aprendido en estos años es que Ella no solo nos acerca a la fe. También nos acerca a las personas. Y yo tengo mucho que agradecerle por eso. Tengo que agradecerle haberme acercado a una familia extraordinaria. A la familia Hidalgo Montes. Una familia que desde el primer momento me abrió las puertas de su casa y de su corazón. Una familia en la que mi mujer y yo nunca nos hemos sentido invitados. Nos hemos sentido parte de ella. Uno más en cada comida, en cada celebración, en cada conversación y en cada plan familiar. Uno más de la ecuación. Y eso es algo que no se olvida. Porque hay familias en las que te reciben. Y hay familias que te adoptan. Y ellos han hecho precisamente eso. Por eso quiero tener un recuerdo especial para Antonio Hidalgo. Porque fue él quien un día, mientras yo me encontraba de maniobras en Zaragoza, me llamó por teléfono. Y al otro lado de aquella llamada me hizo una pregunta que me dejó completamente parado. Me preguntó si quería presentar este cartel. Recuerdo perfectamente aquel momento. El silencio. La sorpresa. Y también el vértigo. Porque uno piensa inmediatamente en la responsabilidad que supone algo así. Pero también recuerdo que la respuesta estaba dada casi antes de formularse. Porque, ¿cómo iba a decirle que no? ¿Cómo iba a decirle que no a alguien que siempre nos ha recibido como a hijos de su propia familia? ¿Y cómo iba a decirle que no a la oportunidad de presentar algo tan grande como el cartel de la Virgen del Carmen? Y si Antonio fue quien me hizo aquella llamada, hay otra persona a la que hoy no puedo dejar de nombrar. Porque, siendo sinceros, si hoy estoy aquí presentando este cartel, él tiene gran parte de culpa. Y ese no es otro que nuestro Alejandro. ¿Qué voy a decir de un sacerdote que se ha hecho querer por todos? De un sacerdote que ha sabido abrir las puertas de esta casa a personas muy diferentes, consiguiendo que todos se sientan acogidos. Porque Alejandro tiene un don que no se aprende en los libros. La capacidad de transmitir la fe con cercanía. De hablar de Dios sin distancia. De acercar a las personas a Cristo y a nuestra Madre desde la sencillez, desde la naturalidad y desde el ejemplo de su propia vida. Son muchas las personas que, gracias a su manera de entender y vivir el sacerdocio, han encontrado en esta parroquia un lugar donde sentirse en casa. Y yo soy una de ellas. Porque más allá del sacerdote, he tenido la suerte de encontrar a un amigo. De esos amigos que aparecen sin hacer ruido y terminan ocupando un lugar importante en tu vida. De esos amigos que con el tiempo dejan de sentirse únicamente amigos para convertirse en familia.
Y por eso hoy quiero darle las gracias. Por su cercanía. Por su amistad. Por su ejemplo. Por su forma de servir a Dios y a la Virgen del Carmen. Y para terminar, después de haber dado gracias, permitidme también pedir. Pedirle a nuestra Madre. Porque si algo hemos aprendido quienes acudimos a Ella es que siempre escucha a sus hijos.
Quiero pedirle por mi familia, hoy aquí presente.
Por mis padres, por mi hermana.
Por mi mujer. La persona que me abrió la puerta para conocer esta devoción. Quien me enseñó a querer a la Virgen del Carmen desde dentro. Y porque hace apenas dos meses tuvimos la inmensa suerte de unir nuestras vidas aquí, ante este altar, delante de nuestra Madre. Bajo su mirada. Bajo su protección. Y con la certeza de que comenzábamos un camino nuevo teniéndola a Ella como testigo.
También quiero pedir por todos aquellos que forman parte de mi vida y que caminan a mi lado cada día.
Quiero pedirle por mis amigos.
Por mis compañeros.
Y por todos los que hoy nos acompañáis en este acto.
Por quienes viven momentos de alegría.
Y también por quienes atraviesan dificultades, enfermedades, preocupaciones o incertidumbres.
Que la Virgen del Carmen los proteja y los acompañe siempre bajo su manto. Pero de manera muy especial quiero pedirle por nuestra cantera.
Por esos niños que crecen a los pies de nuestra Madre. Por esos pequeños que comienzan a dar sus primeros pasos por este mismo pasillo de nuestra iglesia como nuestro Antoñillo.
Pequeños que juegan, que aprenden, que observan y que, casi sin darse cuenta, empiezan a querer a la Virgen como la quisieron sus padres y sus abuelos. Semillas de futuro para esta hermandad. Porque ellos serán quienes continúen esta historia cuando nosotros ya no estemos.
Quienes mantengan viva la llama de esta devoción.
Quienes sigan llenando de vida estas calles cada mes de julio.
Y permitidme también una petición muy personal.
Quiero pedirle por mi hija Rocío, que viene en camino. Porque si Dios quiere, dentro de poco también formará parte de esta cantera.
También crecerá bajo la mirada de la Virgen del Carmen. También aprenderá a quererla, a buscarla y a sentirse protegida por Ella. Y ojalá llegue el día en que viva cada 16 de julio como algo suyo.
Que sienta la emoción de la novena. Las vísperas. La misa de la lonja. Las calles llenas de devoción. Y el orgullo de acompañar a su Madre por las calles del puerto.
Igual que lo hemos hecho nosotros.
 Igual que lo hicieron quienes nos precedieron.
Porque al final eso es lo verdaderamente importante.
Que la fe siga pasando de generación en generación.
Que nunca se rompa esa cadena de amor que une a los hijos con su Madre. Y que la Virgen del Carmen siga reuniéndonos a todos bajo su manto durante muchos años más.

 Muchas gracias.

 ¡Viva la Virgen del Carmen!


David Herrera Morillas